Uno es de donde nace

Uno es de donde nace. No cabe la menor duda y a la vez se sabe que uno es de donde ha llorado y ha reído. También de aquellos lugares en los que un día fue feliz, en otros brazos, en otra vida que fue no hace tanto.

Uno, a su vez, se hace. Desde el primer viaje con amigos hasta ese viaje en soledad para encontrarse. Allí donde ponemos un pie, allí donde hicimos aquello que creíamos imposible, allí donde nunca creímos que podríamos ir. Es en todo lo que hacemos fuera de donde nacemos donde somos también.

Pero, a pesar de todo, por muy lejos que estemos, es el aroma de la infancia, de aquello que vimos por primera vez, donde besamos por primera vez, donde corrimos, brincamos y jugamos. Donde soñamos que podríamos todo lo que después fuimos capaces. Y también de aquello que no.

Uno es de donde nace. Negar las raíces, los orígenes, es como negarse a uno mismo. Y creer que uno tiene que estar siempre allí, es atarse a una vida que no se entiende sin la libertad, sin el movimiento. Sin volar, sin correr, sin viajar, para después, sentir la nostalgia, la morriña, la saudade, las ganas de volver. No solo a donde uno nace, sino donde uno es. Que a veces es el mismo lugar, y a veces es uno mismo, sin más.

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